¡Qué bonito es el verano!

Ayer fue tarde de playa, de ver los cuerpos quemados, de escuchar los ecos de conversaciones extrañas y borracheras de sol y calimocho. 

Un tipo mira a su mujer y alargando el brazo, ésta, en un gesto de gran inteligencia telepática, le entrega un frasco de aceite; el hombre se unta con una devoción a sí mismo sin parangón, mira su bola del brazo, puro músculo blandengue y vuelve a untarse, es el hermano calorro de Poseidón, una vez termina de manosear su piel chamuscada, se espatarra, deja el aceite a su lado y vuelve a alargar el brazo, su mujer en un acto de inteligencia digna de un premio nobel, le da una cerveza fría, él cierra los ojos y sumido en su éxtasis particular se desconecta de todo. Los niños tienen hambre, su mujer prepara la merienda, recoge los juguetes esparramados, ordena las toallas; los niños comen entre risas mientras, el padre está en su éxtasis. 

¡Qué bonito es el verano! Pronto será fin de año y comeremos las uvas, será cuestión de prepararse.

El tufo

Huele a recocido, a churrasco y a sardinas a la brasa, tantos cuerpos, tantos olores y una sola nariz, la mía, una protuberancia expuesta a los olores del verano, a todo lo anterior, le añadimos una pizca de estiércol vertido en el campo como lluvia dorada y ya tenemos cóctel estival. 

Me encierro en casa, las ventanas están selladas con tesamoll, cualquier precaución es poca, aún así el tufo penetra hasta violar mis neuronas, en fin, pronto llegarán los carnavales y danzaremos con otra máscara más que ponernos en esta vida. ¿Dónde están las cervezas?

Querida Sra. Susana Díaz,

Si no recuerda a cuento de qué viene mi carta, le dejo el enlace de youtube donde puede Ud. escucharse así misma.


Desde mi modesto blog quiero recordarle Sra. Susana Díaz,  que España está a la cabeza de Europa en abandono escolar y,  le recuerdo que, sin ayudas, el índice de niños en riesgo de pobreza es de 37'5%, le recuerdo Sra. Susana Díaz que Irlanda con una crisis similar a la nuestra, con las medidas adecuadas aunque no del todo suficientes, redujeron el riesgo de pobreza infantil de un 44'3% a un 17% y que en España solo se ha reducido hasta el 29'7%, como puede ver los indignados del 15M como yo, lejos estamos de querer una casita en la playa. Ya puede ir usted a tomar el sol, a calcinarse como hacen los turistas vip, esos que trabajan gracias a las puertas giratorias, porque aquí suficiente tenemos con nuestro día a día, con dar de comer a nuestros hijos y llevarlos a colegios públicos sin los medios adecuados, dicho sea de paso, son las asociaciones de padres de alumnos los que suplen las carencias de las administraciones.

Le recuerdo un dato de nada, una fruslería, algo que no tiene importancia, desde que gobierna Rajoy, la universidad pública perdió 127.000 alumnos, como puede comprobar Sra. Díaz no estamos para muchos másters.

Le voy a aclarar una cosita, que tomamos el sol mientras esperamos en la cola para que nos den comida, sí nos bronceamos y además nos exhibimos ante los vecinos, los hay que conducen dos coches y tienen dos viviendas en propiedad como Ud,   y los hay que con lo que ganamos no nos da para la comida, nos han desahuciado de nuestra casa o vivimos en un piso compartido pero estamos con ese colorcito moreno a lo veranito playa además, tenemos abdominales, una tableta de chocolate porque nos abalanzamos a los contenedores de comida donde los supermercados tiran todo lo caducado, como Ud. puede evidenciar, no necesitamos una casita en la playa, nos quejamos de puro vicio y las estadísticas son el papel higiénico donde Ud. se limpia la mierda que acaba de cagar. Sra. Díaz, le recuerdo que para escupir, no lo haga en la cara de los ciudadanos, existen unos artilugios llamados escupideras.

Espero haberle sido de ayuda, atentamente,


Mª Carmen.

La vida es muy hija de puta

En el colegio éramos un grupo de seis alumnos frente al resto, treinta y cuatro. Nosotros éramos los diferentes, los frikis, ellos eran los populares, los guapos. Ellos,  que creyeron ser una raza superior a nosotros, nos acosaron ante la indiferencia de los maestros,  a excepción de uno, el profesor de séptimo. La mayoría de víctimas logramos sacar buenas notas e ir  otros barrios a estudiar.

La vida es muy hija de puta ajustando cuentas. Yo había terminado mis estudios de informática en una fundación privada, cosa que pude hacer capitalizando el paro. Finalicé el curso con nota, eso me permitió estar en la bolsa de trabajo; dos meses más tarde, contactó conmigo una multinacional del sector informático para hacerme una entrevista. Me extrañó, a mis compañeros de curso  esta misma empresa los había convocado para hacer unas  pruebas de selección, cosa que no hicieron conmigo.

Me personé el día y la hora  que acordamos en el departamento de recursos humanos, allí estaba él, uno de los acosadores, me miró con soslayo y tan pronto me  reconoció,  se dio la vuelta, dándome la espalda. Sin poder reaccionar, una mujer me llamó y me acompañó a una sala, en ella, cinco personas listas para hacerme una entrevista; los miré y me dije “Mª Carmen, a la mierda todo y todos, sé tú misma” y así hice. Al salir fui consciente de que había perdido una oportunidad. Me equivoqué.

Al cabo de dos semanas me llamaron para empezar  a trabajar con ellos lo antes posible, fue un día de febrero. Entré en el departamento, me asignaron la cuarta mesa de la fila, al lado estaba él, sentado en una silla, junto a uno de los responsables de su proyecto, su cara de asombro fue evidente, por aquellos sarcasmos de la vida, me saludó. Durante varias semanas no coincidimos, tiempo suficiente para que la empresa contara conmigo y empezara a darme responsabilidades. Tarde o temprano tenía que suceder, coincidimos en la cafetería, él me saludó y yo le devolví el saludo, se sentía incómodo, era consciente de que la había cagado el día que me entrevistaron. Decidí invitarle  a un café, lo miré y sentí lástima, ante mí estaba una persona esclava de sus condicionamientos, mientras,  yo sorbía el café de la victoria.

Lo dejé hablar y entre balbuceos,  se justificó – pensaba que venías a trabajar como administrativa–   yo seguía sorbiendo mi café y con cada palabra que escuchaba, sentía más lástima – ya veo que no es así – me dijo, yo asentí con la cabeza y pensé :

 “¡Sí! la vida es muy hija de puta, porque nos pone a todos donde nos corresponde estar.” 

Mr. Marshall

Al abrir las redes sociales  he encontrado la siguiente propuesta: “Cita directores de cine  cuya filmografía volverías a ver”. Hasta ahí todo bien, leo los comentarios y en su mayoría, citan a directores norteamericanos y algún que otro director de cine japonés. A excepción de dos personas que nombran a  Kathryn Bigelow y a Antonio Mercero.

Mi aportación fue la siguiente: Alex de la Iglesia, Jesús Franco, Juanma Bajo Ulloa, Jaume Balagueró, Edgar Neville, Luis Buñuel, Berlanga, Alejandro Amenábar, Ricardo Franco, Bayona y añado Sofia Coppola, Jane Campion, Isabel Coixet, Ida Lupino, Helena Cortesina, Ana Mariscal, Rosario Pi, Julie Dash, Loise Weber (Dirigió el Mercader de Venecia en 1916), Icíar Bollaín. Mi apuesta es clara, por un lado cine español y por otro,  cine dirigido por mujeres.

Cada vez soy más consciente del conflicto entre cultura e inteligencia, que muy bien plantea Samuel Beckett, somos inteligentes, pero no nos engañemos, el bombardeo constante de películas americanas  nos deja muy lejos de ser cultos, tenemos memoria, las vemos hasta la saciedad,  como un disco rayado, así es muy fácil recordarlas.

En los comentarios, todos han respetado sus aportaciones  a excepción de la mía, porque  defender el cine español es defender, o bien los intereses de unos u otros. ¿Con qué me quedo? Con una cultura que en realidad no lo es, somos loritos, repetimos lo que vemos, no nos cuestionamos ni abrimos la mente a nuevas opciones, ni tan siquiera las buscamos nuestra raíces. A mí me gusta Wilder, Lucas, Chaplin o Browning, pero también me gustan Berlanga, Neville, Isabel Coixet y Jane Campion o el cineasta alemán Percy Adlon.

¿Qué será de nosotros? ¿Qué será de nuestro cine? ¿Qué será de nuestra cultura?

A veces siento que España es un cocido a fuego lento hecho con los despojos de todos, somos más extranjeros de nosotros mismos que nunca.  El cine de Berlanga, Rovira Beleta, guiones de Rafael Azcona, que tanto aliviaron a la generación de mis padres en una posguerra y dictadura atroces, un cine que se saltaba las normas, un cine que dejó a los censores como unos verdaderos idiotas, se desvanece de la memoria colectiva. Ahora sencillamente, nombramos a los directores norteamericanos como una suerte de nueva lista de los reyes godos, sin más, como cacatúas  ¿Y  el amo? Sigue siendo el mismo: Mr. Marshall.

Mª Carmen Martínez
http://diariodeundodecaedro.blogspot.com.es/

La Cita

Seguía ahogándome.

En mis sueños sólo percibía una sensación o bien debía huir o bien debía buscar algo ¿la muerte?

La muerte no acudía a mi encuentro, yo sólo quería visitarla, aunque fuera un rato, tomar juntas un café. Todos la temen y yo me siento enamorada, quizás tenga algo de hombre. ¿Es importante el sexo de la muerte?

La cortisona fluyendo por mi sangre, jodiendo mi hígado. No sé respirar, la presión en el pecho es más profunda. La herida siempre abierta, hecha con escarcina, que no cicatriza. Supura.

La máscara de oxígeno es molesta, las luces me aturden, demasiada gente en urgencias. Quiero aislarme, sigo pensando en la muerte, mi cuerpo ya no me pertenece, está ausente, dirige sus propios caminos y mi mente traiciona a mi cuerpo. ¿Será la muerte que viene a verme?

Elías, así se llama el médico de urgencias, sigue buscando algo, mi cuerpo no reacciona, dice que mi mente no quiere seguir. Quizás. Todos miran a una mujer que se ahoga, me ahoga la vida. Ella, es la culpable, me ha demolido, ha barrido mis sentidos, los ha vaciado. Ya no queda más.

Acaban de inyectarme un valium, creen que son los nervios, es la última posibilidad. No hago caso de nada, yo y mi yoidad dialogando. Hay unos ojos, rojos, tristes, tiernos, es mi padre, languideciendo ante mi angustia. La musculatura se relaja,  la tensión desaparece. Quizás sea el valium. Mis pensamientos se están alejándose, parecen alegres. La muerte ha cancelado la cita conmigo. Sigue sin importarme su sexo.

Mª Carmen Martínez
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Diez de marzo de 2016

Hoy el sol relucía con orgullo, vaticinando un día de esos engañosamente tranquilo.

Había quedado a las 10 de la mañana con Mario, mi nueva pareja de normalización lingüística, iniciativa que se da en un pueblo cercano y en la que hace más de seis años que participo.

Tan pronto giré la esquina para llegar a la plaza de la iglesia, ahí estaba él. Nos saludamos estrechándonos las manos.

Nos metimos en una cafetería para poder hacer la primera sesión, de las diez que nos asigna esta iniciativa.

El café nunca había sido tan duro, áspero y punzante. Con cada sorbo mi nudo en la garganta iba en aumento.

Antes de escribir, me he puesto a pelar patatas, como huyendo de todo lo que iba invadiendo mi estado de ánimo. Las he troceado por inercia, el horno se estaba calentando y en mi mente los gestos, las manos, las palabras de Mario.

Había cierta tensión, entiendo que Mario ha vivido muchos prejuicios raciales. La conversación fue derribando todas las fronteras que teníamos. Su orgullo y humildad me despedazaron, su aceptación y lucha fueron puñetazos a mi conciencia.

Mario es de un pequeño pueblo de Mali, por suerte muy alejado del conflicto armado. Me explicó que al no poder dar  educación a todos los niños, lo que hacen las familias es dividir, la mitad de los hijos, los mayores, estudian poco y van a trabajar a muy temprana edad, mientras que los hijos pequeños estudian hasta edad mucho más avanzada.

Él  es el cuarto hijo, el primer hijo varón, su destino  estuvo ligado al trabajo en el campo desde los ocho años, a pesar de no haber podido estudiar, habla las ocho lenguas locales, francés, español y catalán.  Le gusta aprender y se nota, ponía atención en todo lo él decía y en cómo lo decía yo, iba perfeccionando su dicción y la comprensión de muchas frases hechas.

¿De qué me sorprendo? Yo con tanto y en realidad con poco.

El café seguía clavando navajazos en mi garganta. Yo miraba a la calle, rezumaba frivolidad con los grupos de turistas admirando una casa modernista  y también miraba fijamente a Mario. Lejos de sentirse amedrentado por  mi mirada, se generó cierta complicidad, él sabe que no quiero salvar a nadie y él no quiere que nadie lo salve, sencillamente ambos disfrutamos compartiendo humanidad, un bien realmente escaso.

Los transeúntes nos asestaban  miradas ponzoñosas, uno de los camareros se olvidó de nosotros, Mario revindicó un agua y un té para él.  Los prejuicios son tan enervantes  como el perfume fétido de la cicuta.

Observaba sus manos  cuarteadas, grandes, proporcionadas, con decepciones, tristezas, manos con historias mudas a cuestas, pero que la piel delataba en un lenguaje hecho con los cascotes de la vida.

Pagó todas las bebidas, yo me sentí mal,  él, en cambio, se sentía feliz por aprender tanto.  La tristeza me iba llenando a bocanadas. Le pegué dos tragos al agua  como buscando consuelo.

He puesto las patatas en el horno, en un rato cocinaré las salchichas.

La botella de agua está aún en mi bolso.

A la hora de marcharnos, Mario quiso acompañarme a buscar mi coche, no paraba de repetir lo feliz que se sentía. Su felicidad ha sido y es un analgésico.

La vida no para de dar esos golpes a mi conciencia, ese sentido único que nos aúna como humanos  y nos  invade como la pólvora, explotando con un detonador a destiempo.

Huele a patatas al horno.


En la mesa, Solaris de Stanislaw Lem y  suena Disassociative de Marilyn Manson.

Mª Carmen Martínez
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